El joven zar acababa de subir al trono. Durante cinco semanas había trabajado sin cesar, de la manera en que los zares están acostumbrados a trabajar. Había estado atendiendo informes, firmando documentos, recibiendo embajadores y altos funcionarios que acudían a ser presentados ante él, y pasando revista a las tropas. Estaba cansado, y así como un viajero agotado por el calor y la sed anhela un trago de agua y descanso, él anhelaba una tregua de al menos un solo día de recepciones, de discursos, de desfiles; unas pocas horas libres para pasar como un ser humano corriente con su joven, inteligente y hermosa esposa, con quien se había casado apenas un mes antes.
Era Nochebuena. El joven zar había dispuesto tener un descanso completo esa tarde. La noche anterior había trabajado hasta muy tarde en los documentos que sus ministros de Estado le habían dejado para examinar. Por la mañana asistió al tedeum y, a continuación, a un servicio religioso militar. Por la tarde recibió a visitantes oficiales; y más tarde se vio obligado a escuchar los informes de tres ministros de Estado, y dio su asentimiento a muchos asuntos importantes. * En su conferencia con el ministro de Hacienda había acordado un aumento de los aranceles sobre los bienes importados, lo cual en el futuro sumaría muchos millones a los ingresos del Estado. * Luego sancionó la venta de aguardiente por parte de la Corona en varias regiones del país y firmó un decreto que permitía la venta de alcohol en las aldeas que tuvieran mercados. * Esto también estaba calculado para incrementar el principal ingreso del Estado, que provenía de la