El obispo repitió las palabras de nuevo, y los ancianos las repitieron tras él.
El obispo se sentó sobre una piedra, y los ancianos se quedaron de pie ante él, mirando su boca y repitiendo las palabras a medida que las pronunciaba.
Y durante todo el día el obispo laboró, diciendo una palabra veinte, treinta, cien veces, y los ancianos la repetían tras él. Se equivocaban, y él los corregía y les hacía empezar de nuevo.
El Obispo no desistió hasta que les enseñó el Padrenuestro completo, de modo que no solo podían repetirlo tras él, sino que podían recitarlo por sí solos.
- El del medio fue el primero en aprenderlo y en repetir la oración entera a solas.
- El Obispo hizo que lo dijera una y otra vez, y al fin los demás también pudieron decirlo.
Se estaba haciendo de noche, y la luna iba apareciendo sobre el agua, antes de que el obispo se levantara para regresar a la embarcación.
Cuando se despidió de los ancianos, todos se inclinaron hasta el suelo ante él. Él los levantó y besó a cada uno de ellos, diciéndoles que rezaran tal como les había enseñado.
Luego subió al bote y regresó al barco.
Y mientras iba sentado en el bote rumbo al barco, podía oír las tres voces de los ermitaños repitiendo en voz alta la oración del Señor. A medida que el bote se acercaba a la embarcación, sus voces ya no se podían oír, pero todavía se les veía a la luz de la luna, de pie tal como los había dejado en la orilla, el más bajo en el medio, el más alto a la derecha, el mediano a la izquierda.