«Bien, ahora, cuando la nieve nos cubra, la buena gente verá los varales y nos desenterrará —dijo, golpeando sus manoplas una contra otra y poniéndoselas—. ¡Eso es lo que nos enseñaron los
Vasíli Andréevich mientras tanto se había desabrochado el abrigo, y sosteniendo las faldas de este para guarecerse, encendió cerillas de azufre una tras otra en la caja de acero. Pero sus manos temblaban, y una cerilla tras otra o no prendían o el viento las apagaba justo cuando las acercaba al cigarrillo.
Por fin una cerilla sí prendió, y su llama iluminó por un instante el pelo de su abrigo, su mano con el anillo de oro en el dedo índice doblado, y la paja de avena salpicada de nieve que sobresalía de debajo de la frazada. Encendido el cigarrillo, dio ávidamente un par de caladas, inhaló el humo, lo dejó salir por el bigote, y se disponía a inhalar otra vez, cuando el viento arrancó el tabaco encendido y se lo llevó en torbellino tal como había hecho con la paja.
Pero incluso estas pocas caladas le habían animado.
—¡Si tenemos que pasar aquí la noche, pues la pasaremos! —dijo con decisión—.
—Espera un momento, voy a arreglar también una bandera —añadió, tomando el pañuelo que había arrojado en el trineo tras quitárselo del cuello, y quitándose los guantes, poniéndose de pie en la parte delantera del trineo y estirándose para alcanzar la correa, ató el pañuelo a esta con un nudo firme.
El pañuelo comenzó inmediatamente a ondear violentamente, ora envolviendo el mástil, ora desplegándose de repente, estirándose y batidos los extremos.