«Esta es Moscú, la Madre Moscú de piedra blanca», dijo Piotr Ivánovich, restregándose los ojos por la mañana y escuchando el tañido de las campanas que procedía del callejón Gazeta.
Nada resucita el pasado con tanta viveza como los sonidos, y estos sonidos de las campanas de Moscú, combinados con la visión de un muro blanco frente a la ventana y con el traqueteo de las ruedas, le recordaron tan vívidamente no solo la Moscú que había conocido treinta y cinco años antes, sino también la Moscú con el Kremlin, con los palacios, con la torre de Iván el Grande y demás, que llevaba en su corazón, que experimentó una alegría infantil por ser ruso y estar en Moscú.
Apareció la bata de Bujará, abierta de par en par sobre el ancho pecho con su camisa de zaraza, la pipa de ámbar, el lacayo de modales suaves, el té, el olor a tabaco; se oyó una voz masculina y fuerte en los aposentos de Chevalier; resonaron los besos matutinos y las voces de la hija y del hijo, y el decembrista se encontraba tan como en casa como en Irkutsk, y como lo habría estado en Nueva York o en París.
Por mucho que quisiera presentar a mis lectores al héroe decembrista libre de toda debilidad, debo confesar, por amor a la verdad, que Piotr Ivánovich se esmeraba mucho en afeitarse y peinarse, y en mirarse al espejo. Estaba descontento con las prendas, que habían sido confeccionadas en Siberia con poca elegancia, y dos o tres veces se abrochó y desabrochó la levita.
Pero Natálya Nikoláevna entró en el salón, con el susurro de su vestido de muaré negro, con mitones y con cintas en la cofia que, aunque no seguían la última moda, estaban dispuestas de tal modo que, lejos de