«¡Alá!» (que significa Dios). Dijo esa única palabra, y todos volvieron a bajar los ojos, guardando silencio de nuevo durante mucho tiempo. Se sentaron completamente quietos, sin moverse ni hacer ningún ruido.
De nuevo el mulá levantó la cabeza y dijo: «¡Alá!», y todos repitieron: «¡Alá! ¡Alá!» y volvieron a guardar silencio.
El cadáver yacía inmóvil sobre la hierba, y ellos se sentaron tan quietos como si también estuvieran muertos. Ni uno solo de ellos se movió. No había más sonido que el de las hojas de los plátanos moviéndose con la brisa.
Entonces el mulá repitió una oración, y todos se levantaron. Levantaron el cuerpo y lo llevaron en brazos hasta un agujero en el suelo. No era un agujero corriente, sino que estaba excavado bajo tierra a modo de bóveda. Tomaron el cuerpo por las axilas y por las piernas, lo doblaron y lo bajaron con suavidad, introduciéndolo bajo la tierra en postura sedente, con las manos cruzadas al frente.