Desató el caballo, le echó las riendas al cuello y trató de montar, pero sus abrigos y botas eran tan pesados que no lo logró.
Luego subió de un tropiezo al trineo e intentó montar desde allí, pero el trineo se inclinó bajo su peso y volvió a fracasar.
Por fin acercó a Mukhórty al trineo, se equilibró con cautela en un lado de este y se las arregló para quedar tendido boca abajo sobre el lomo del caballo.
Tras permanecer así un rato, se deslizó hacia adelante una y otra vez, pasó una pierna por encima y finalmente se sentó, apoyando los pies en las flojas correas de la retranca.
El traqueteo del trineo despertó a Nikíta. Se incorporó, y a Vasíli Andréevich le pareció que decía algo.
—¡Escuchar a tontos como tú! ¿Voy a morir así por nada? —exclamó Vasili Andréevich.
Y metiéndose los faldones sueltos del abrigo de pieles bajo las rodillas, hizo girar al caballo y se alejó del trineo en la dirección en la que creía que debían de estar el bosque y la cabaña del guarda forestal.