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nydus/Short FictionPublic
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VIII

Eres como un tumor que destruye el cuerpo, pero capaz de aparentar, y de alimentarse del cuerpo y de nada más. ¡Y el cuerpo vivo lucha contra él y lo suprime! Así actuamos nosotros respecto a ti, y no podemos hacer otra cosa. Y a pesar de mi promesa de ayudarte y de cumplir con tu solicitud, considero tu doctrina como la más dañina y baja: baja, porque de manera deshonrosa e injusta devoras el pecho que te alimenta: aprovechas las bendiciones del orden imperial sin participar en su mantenimiento, ¡y aun así intentas destruirlo!”.

—Lo que dices sería justo —dijo Pánfilo—, si realmente viviéramos como tú piensas. Pero tú no conoces nuestra vida y te has formado una falsa idea de ella. Para ti, con tu lujo habitual, es difícil imaginar cuán poco necesita un hombre cuando vive sin superfluidades. El hombre está constituido de tal manera que, cuando está sano, puede producir con sus manos mucho más de lo que necesita para el sustento de su vida. Viviendo en comunidad como lo hacemos, somos capaces mediante nuestro trabajo de mantener sin esfuerzo a nuestros hijos, a los ancianos, a los enfermos y a los débiles. Afirmas que nosotros, los cristianos, despertamos en el esclavo el deseo de ser el César; por el contrario, tanto de palabra como de obra cumplimos una sola cosa: la sumisión paciente y el trabajo, el trabajo más humilde de todos: el trabajo del obrero. No sabemos nada ni nos importa nada de los asuntos de estado. Sabemos una sola cosa, pero la sabemos fuera de toda duda: que nuestro bienestar solo existe cuando se halla el bienestar de los demás, y nos esforzamos por alcanzar este bienestar; el bienestar de todos los hombres está en su unión.

—Pero dime, Pánfilo, ¿por qué los hombres se apartan de ti con hostilidad, te persiguen, te acosan, te matan? ¿Cómo es que tu doctrina del amor da lugar a tal discordia?

“El origen de esto no está en nosotros, sino fuera de nosotros. Consideramos superior a cualquier otra cosa la ley de Dios, que rige

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