“Al cabo de unos días vino el general en persona. Me echó una mirada, y de nuevo todos parecieron escandalizados, y me regañaron a mí y también a mi madre a causa de mi pellejo.
—Pero ya veremos, ya veremos —decían todos, tan pronto como me ponían los ojos encima.
“Hasta la primavera, los potrillos jóvenes vivimos en celdas separadas con nuestras madres; solo de vez en cuando, cuando la nieve en el tejado de los cobertizos empezaba a derretirse al sol, nos dejaban salir al amplio patio, cubierto de paja fresca.
Allí tomé conocimiento por primera vez de todos mis parientes, cercanos y lejanos. Allí vi cómo salían por distintas puertas todas las yeguas famosas de aquella época con sus potrillos. Estaban la vieja yeguа holandesa, Mushka, engendrada por Smetankin, Krasnukha, la yegua de silla Dobrokhotíkha, todas celebridades en aquel entonces.
Todas reunidas allí con sus potrillos, daban paseos bajo el sol, se revolcaban en la paja fresca y se olfateaban unas a otras como caballos comunes.
«Ni siquiera ahora puedo olvidar la visión de aquel prado, lleno de las bellezas de aquel día. Quizá les parezca extraño pensar que yo alguna vez fui joven y juguetón, pero lo fui.
Aquella misma Viazopúrikha estaba allí entonces, una potranca de un año a la que acababan de cortar la crin, —una yegua pequeña, bondadosa, alegre y juguetona. Pero que no se tome a mal cuando digo que, aunque ahora es considerada una rareza entre ustedes debido a su árbol genealógico, entonces era solo uno de los caballos más insignificantes de aquella caballada. Ella misma lo corroborará».
“Aunque mi abrigo de muchos colores les había disgustado a los hombres, resultaba sumamente atractivo para todos los caballos. Todos se