El Rey se acercó a él y le dijo:
«He venido a ti, sabio ermitaño, para pedirte que respondas a tres preguntas:
- ¿Cómo puedo aprender a hacer lo correcto en el momento oportuno?
- ¿Quiénes son las personas que más necesito y a cuáles debo, por tanto, prestar más atención que al resto?
- Y ¿qué asuntos son los más importantes y requieren mi primera atención?».
El ermitaño escuchó al Rey, pero no respondió nada. Se limitó a escupirse en las manos y reanudó la excavación.
—Estás cansado —dijo el rey—, déjame tomar la pala y trabajar un rato por ti.
—¡Gracias! —dijo el ermitaño y, entregándole la azada al Rey, se sentó en el suelo.
Cuando hubo cavado dos bancales, el rey se detuvo y repitió sus preguntas. El ermitaño de nuevo no dio respuesta, sino que se levantó, extendió la mano para tomar la pala y dijo:
“Ahora descansa un poco—y déjame trabajar a mí un rato.”
Pero el Rey no le dio la azada, y siguió cavando. Pasó una hora, y otra. El sol comenzó a ocultarse detrás de los árboles, y el Rey por fin clavó la azada en el suelo y dijo:
“Vine a verte, sabio, en busca de respuesta a mis preguntas. Si no puedes dármela, dímelo, y regresaré a casa”.