Después tomó los Evangelios de la balda. Tenía la intención de abrirlos por el lugar que había marcado el día antes con un trozo de tafilete, pero el libro se abrió por otra página. En cuanto Martín lo abrió, el sueño del día anterior acudió a su mente, y apenas pensó en él, le pareció oír pasos, como si alguien se moviera a sus espaldas. Martín se dio la vuelta, y le pareció como si hubiera gente de pie en el rincón oscuro, pero no pudo distinguir quiénes eran. Y una voz le susurró al oído: > «Martín, Martín, ¿no me
—¿Quién es? —murmuró Martin.
—Soy yo —dijo la voz. Y del rincón oscuro salió Stepánitch, quien sonrió y, desvaneciéndose como una nube, no fue visto más.
—Soy yo —dijo de nuevo la voz. Y de la oscuridad salió la mujer con el bebé en brazos, y la mujer sonrió y el bebé se rio, y ellos también desaparecieron.
—Soy yo —dijo la voz una vez más. Y la anciana y el muchacho con la manzana dieron un paso al frente y ambos sonrieron, y entonces ellos también se desvanecieron.
Y el alma de Martín se llenó de alegría. Se santiguó, se puso las gafas y empezó a leer el Evangelio justo por donde se había abierto; y en la parte superior de la página leyó:
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis.”
Y al pie de la página leyó:
“En cuanto toristeis a uno de estos mis hermanos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25).