Cuando yo era un muchachito, solíamos estudiar todos los días, y solo los domingos y los días festivos salíamos a jugar con nuestros hermanos. Una vez mi padre dijo:
“Los niños deben aprender a montar. ¡Mándalos a la escuela de equitación!”
Era el menor de los hermanos, y pregunté:
—¿Puedo aprender a montar yo también?
Mi padre dijo:
“Te vas a caer”.
Comencé a suplicarle que me dejara aprender, y casi me puse a llorar. Mi padre dijo:
—Está bien, tú también puedes ir. ¡Solo ten cuidado! No vayas a llorar cuando te caigas. Quien no se cae del caballo ni una vez, no aprende a montar.
Cuando llegó el miércoles, a los tres nos llevaron al picadero. Entramos por un gran soportal, y del gran soportal pasamos a uno más pequeño. Más allá del soportal había una sala muy grande: en vez de suelo tenía arena. Y en esta sala había caballeros y damas y muchachos exactamente como nosotros. Ese era el picadero.