charreteras. Piotr Ivánovich se comportaba con tanta majestad como a la entrada y rezaba en silencio, con reserva y sin olvidarse de sí mismo. Natália Nikoláievna se arrodilló con suavidad, sacó un pañuelo y lloró mucho durante el canto querúbico. Sonia parecía hacer un esfuerzo sobre sí misma para rezar. La devoción no acudía a ella, pero no miraba a su alrededor y se santiguaba con diligencia.
Serézha se quedó en casa, en parte porque se había quedado dormido, en parte porque no le gustaba escuchar una misa de pie, lo cual le aflojaba las piernas —un asunto que era incapaz de comprender, ya que para él era una mera minucia caminar cuarenta millas con raquetas de nieve, mientras que aguantar de pie doce pericópas era el mayor tormento físico para él—, pero sobre todo porque sentía que, por encima de todo, necesitaba un traje nuevo.
Se vistió y fue al Puente del Herrero. Tenía mucho dinero. Su padre había establecido como norma, desde que su hijo había cumplido veintiún años, dejarle todo el dinero que deseara. De él dependía dejar a sus padres completamente sin dinero.
¡Cómo lo siento por los 250 rublos que tiró en la tienda de ropa hecha de Kuntz! Cualquiera de los caballeros que se cruzaban con Serézha habría estado más que encantado de mostrarle la ciudad, y habría considerado una gran suerte acompañarlo a hacerse la ropa. Pero, tal como fueron las cosas, era un extraño entre la multitud y, abriéndose paso con su gorra por el puente de los Herreros, llegó hasta el fondo, sin mirar los escaparates, abrió la puerta y salió de allí con una levita color canela que le quedaba apretada (a pesar de que en aquel entonces se usaban anchas), unos pantalones negros holgados (a pesar de que se usaban estrechos) y un chaleco de raso floreado que ni uno solo de los caballeros que estaban en la sala particular de Chevalier habría