guerreros, sino los animales que mataste cazando y que comiste en tus banquetes, fuiste tú asimismo. Creías que la vida moraba solo en ti, pero yo he corrido el velo de la ilusión y te he dejado ver que, al hacer el mal a los demás, te lo has hecho a ti mismo también. La vida es una en todos ellos, y la tuya no es sino una parte de esta misma vida común. Y solo en esa única parte de vida que es tuya puedes hacer que la vida sea mejor o peor, aumentándola o disminuyéndola. Solo puedes mejorar la vida en ti mismo destruyendo las barreras que dividen tu vida de la de los demás, y considerando a los demás como a ti mismo, y amándolos. Al obrar así, aumentas tu porción de vida. Perjudicas tu vida cuando piensas en ella como en la única vida, e intentas añadir a su bienestar a expensas de otras vidas. Al obrar así, no haces más que disminuirla. Destruir la vida que mora en los demás está más allá de tu poder. La vida de aquellos a quienes has matado se ha desvanecido de tus ojos, pero no ha sido destruida. Creías que podías alargar tu propia vida y acortar la de ellos, pero no puedes hacer esto. La vida no conoce ni el tiempo ni el espacio. La vida de un momento y la vida de mil años: tu vida, y la vida de todos los seres visibles e invisibles del mundo, son iguales. Destruir la vida o alterarla es imposible; pues la vida es lo único que existe. Todo lo demás, no hace sino parecernos ser.”
Habiendo dicho esto, el viejo desapareció.
A la mañana siguiente, el rey Esarhaddón dio orden de que Lailie y todos los prisioneros fueran puestos en libertad, y que cesaran las ejecuciones.
Al tercer día llamó a su hijo Assur-bani-pal, y le entregó el reino en las manos; y él mismo se fue al desierto para meditar en todo lo que había aprendido.
Después anduvo como un errante por las ciudades y aldeas, predicando a la gente que toda la vida es una, y que cuando los hombres desean hacer daño a otros, en realidad se hacen el mal a sí mismos.