Agatha se santigüó, apagó la vela, tomó una toalla limpia y le cubrió la cara con ella.
Todo aquella noche Martha no había dormido, sino que no hacía más que pensar en Kornéy. Por la mañana se puso el abrigo, se echó un chal por la cabeza y fue a averiguar adónde había ido el viejo.
Pronto supo que estaba en Andréyevo. Martha cogió una estaca de la cerca y se encaminó hacia Andréyevo. Cuanto más avanzaba, más asustada se sentía.
—Se lo compensaré, y lo llevaremos a casa. Que termine el pecado. Que muera al menos en su casa, con su hijo cerca —pensaba ella.
Cuando Martha se acercó a la casa de su hija, vio que se había congregado allí una gran multitud. Algunos habían entrado en el zaguán, otros estaban de pie junto a las ventanas.
Ya se había esparcido la noticia de que el conocido y rico Kornéy Vasílyef, de quien tanto se había hablado en el distrito veinte años atrás, había muerto, siendo un pobre vagabundo, en la casa de su hija.
La casa estaba llena de gente. Las mujeres se susurraban unas a otras, suspiraban y gemían.
Cuando Marta entró, le hicieron sitio para que pasara, y bajo los iconos vio el cuerpo —ya lavado, tendido y cubierto con un trozo de lino—. A su lado, Filipp Kanónitch (que había recibido cierta educación) entonaba las palabras de un salmo en eslavo, con voz de diácono.
Ya no era posible ni perdonar ni pedir perdón; y por el rostro severo y hermoso del anciano Kornéi, ella no podía saber si la había perdonado o no.