Migoúrski no vivía en el cuartel, sino que tenía su propio alojamiento.
Nicolás I decretó que los oficiales polacos exiliados no solo debían soportar todas las penurias de la dura vida militar, sino que se les hacía sufrir todas las humillaciones a las que los soldados rasos de entonces eran sometidos.
Pero la mayoría de los hombres sencillos a quienes correspondía ejecutar estas órdenes las desobedecían tanto como podían. El comandante del batallón —con poca educación y ascendido desde la tropa— en el que fue colocado Migoúrski comprendía la situación de aquel joven culto, antaño acaudalado, que lo había perdido todo; y, compadeciéndose de él y respetándolo, le concedió toda clase de facilidades.
Migoúrski no pudo menos que apreciar la bondad de aquel teniente coronel, de patillas blancas sobre su rostro militar y abotagado; y, para corresponderle, aceptó dar clases de matemáticas y francés a sus hijos, que se preparaban para ingresar en un colegio militar.
La vida de Migurski en Uralsk, que ya duraba casi siete meses, no solo era monótona, apagada y tediosa, sino también dura.
A excepción del comandante del batallón, de quien intentaba mantenerse alejado tanto como le fuera posible, su único conocido era un polaco exiliado, un hombre astuto, desagradable y de poca educación que comerciaba con pescado.
Pero la principal penuria de la vida de Migurski radicaba en el hecho de que le costaba mucho acostumbrarse a la privación. Tras la confiscación de sus bienes, no le quedaban medios de ningún tipo y se iba abriendo paso vendiendo las joyas que aún conservaba.