Así que el ahijado se volvió y le dijo al bandido:
“La gente viene a mí aquí, no a jactarse de sus pecados, sino a arrepentirse y a rezar por el perdón.
Arrepiéntete de tus pecados, si temes a Dios; pero si no hay arrepentimiento en tu corazón, vete y no vuelvas aquí jamás. No me molestes ni espantes a la gente. Si no escuchas, Dios te castigará”.
El ladrón se echó a reír:
—No le tengo miedo a Dios, y no voy a escucharte. Tú no eres mi amo —dijo él—. Tú vives de tu piedad, y yo de mis robos. Todos tenemos que vivir. Puedes enseñarle a las viejas que vienen a verte, pero no tienes nada que enseñarme a mí. Y como me has recordado a Dios, mañana mataré a dos hombres más. Te mataría a ti, pero no quiero mancharme las manos ahora mismo. ¡Procura en adelante no cruzarte en mi camino!
Habiendo pronunciado esta amenaza, el bandido se marchó a caballo. No volvió más, y el ahijado vivió en paz, como antes, durante ocho años más.