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nydus/Short FictionPublic
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XV

la verdad, ese es el camino piadoso», dijo uno. «¿Qué es el dinero? No se puede comprar a un prójimo por dinero», dijo otro. «¡Qué alegría!», dijo un tercero; «en una palabra, ¡es un hombre justo!». Solo los reclutas no dijeron nada y salieron sigilosamente al

Dos horas más tarde, los dos carros de Doútlof salían de los suburbios de la ciudad.

En el primero, al que iba aparejada la yegua tordilla, con los ijares undosos y el cuello sudoroso, iban sentados el viejo e Ignát. Detrás de ellos traqueteaban un par de bultos que contenían un caldero pequeño y un hilo de rosquillas.

En el segundo carro, en el que nadie llevaba las riendas, la joven esposa y su suegra, con chales sobre la cabeza, iban sentadas, dignas y felices. La primera sostenía una botella de vodka bajo el delantal.

Elías, con el rostro muy rojo, iba sentado encogido y de espaldas al caballo, dando botes en la parte delantera del carro, mordiendo una rosquilla y hablando incesantemente.

Las voces, el traqueteo de las ruedas sobre el camino empedrado y el relincho de los caballos se fundían en un sonido alegre. Los caballos, agitando la cola, aceleraban el paso cada vez más, al sentirse en el camino de vuelta a casa. Los transeúntes se volvían involuntariamente para mirar a aquella feliz familia.

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