Hace mucho, muchísimo tiempo, hubo una gran sequía en la tierra. Todos los ríos se secaron, al igual que los arroyos y los pozos, y los árboles se marchitaron, al igual que los arbustos y la hierba, y los hombres y las bestias murieron de sed.
Una noche, una niña pequeña salió con un cántaro en busca de agua para su madre enferma. Caminó sin rumbo por todas partes, pero no pudo encontrar nada de agua, y se sintió tan cansada que se tendió sobre la hierba y se quedó dormida.
Cuando despertó y tomó el cántaro, por poco derrama el agua que contenía. El cántaro estaba lleno de agua clara y fresca. La niña se alegró y estuvo a punto de llevárselo a los labios, pero se acordó de su madre y corrió a casa con el cántaro tan rápido como pudo.
Se apresuró tanto que no advirtió la presencia de un perrito en su camino; tropezó con él y dejó caer el cántaro. El perro gimió lastimeramente; la niña agarró el cántaro.
Creía que el agua se habría volcado, pero el cántaro seguía en pie y el agua estaba allí como antes.
Virtió un poco en la palma de la mano y el perro la lamió y se sintió reconfortado. Cuando la pequeña volvió a tomar el cántaro, este se había transformado de madera común en plata. Se llevó el cántaro a casa y se lo dio a su madre.
La madre dijo: «Yo moriré de todos modos, es mejor que te lo bebas tú», y le entregó el cántaro a la niña. En ese momento el cántaro pasó de ser de plata a ser de oro.