“¡Marchaos de aquí! Tales pecadores no pueden vivir con nosotros en el Paraíso”. Entonces el pecador dijo:
“Señor, oigo tu voz, pero no te veo, ni sé tu nombre”.
Y la voz respondió:
“Yo soy David; rey y profeta”.
El pecador no se desduró, ni abandonó las puertas del paraíso, sino que dijo:
“¡Ten piedad de mí, rey David! Acuérdate de la debilidad del hombre y de la misericordia de Dios.
Dios te amó y te ensalzó entre los hombres. Lo tenías todo: un reino, y honor, y riquezas, y mujeres, y niños; mas viste desde tu azotea a la mujer de un hombre pobre, y el pecado entró en ti, y tomaste a la mujer de Urías, y lo mataste a espada con los amonitas.
Tú, un hombre rico, le quitaste al hombre pobre su única corderita, y lo mataste. Yo he hecho lo mismo.
Acuérdate, pues, de cómo te arrepentiste, y de cómo dijiste: «Reconozco mis transgresiones: mi pecado está siempre delante de mí».
He hecho lo mismo. No puedes negarte a dejarme entrar”.
Y la voz de dentro de las puertas enmudeció.
El pecador, habiéndose quedado de pie un momento, comenzó a llamar de nuevo y a pedir que lo dejaran entrar en el reino de los cielos. Y se oyó una tercera voz dentro de las puertas, que decía:
“¿Quién es este hombre y cómo ha pasado su vida en la tierra?”