Así que Efím entró.
—Bien puedo preguntar por Eliseo —pensó—. Me figuro que esta es la mismísima choza a la que fue a pedir un trago de agua.
La mujer lo ayudó a quitarse el morral que llevaba y le dio agua para lavarse la cara. Luego lo hizo sentar a la mesa y le sirvió leche, tortas de cuajada y gachas. Efim le dio las gracias y la alabó por su bondad con un peregrino. La mujer meneó la cabeza.
—Tenemos buenas razones para dar la bienvenida a los peregrinos —dijo—. Fue un peregrino quien nos enseñó lo que es la vida. Vivíamos olvidándonos de Dios, y Dios nos castigó casi hasta la muerte. Llegamos a tal extremo el verano pasado, que todos yacíamos enfermos e indefensos sin nada que comer. Y habríamos muerto, de no ser porque Dios envió a un viejo a ayudarnos, uno exactamente igual que usted. Entró un día a pedir un vaso de agua, vio el estado en que nos hallábamos, se compadeció de nosotros y se quedó con nosotros. Nos dio de comer y de beber, y nos puso en pie de nuevo; y rescató nuestra tierra, y compró un carro y un caballo y nos los dio.
Aquí la anciana, al entrar en la choza, interrumpió a la más joven y dijo:
«No sabemos si fue un hombre o un ángel de Dios. Nos amaba a todos, se compadecía de todos y se marchó sin decirnos su nombre, de modo que ni siquiera sabemos por quién rezar.
¡Lo veo todo ante mí ahora mismo! Estaba yo allí esperando la muerte, cuando entra un viejo calvo. No era gran cosa a la vista y pidió un trago de agua. Yo, pecador de mí, pensé para mis adentros: "¿A qué viene a rondar por aquí?". ¡Y pensar lo que hizo! Tan pronto como nos vio, dejó caer su saco, en este mismo lugar, y lo desató».
Aquí la niña intervino.