Y esto le parecía indudable, sobre todo porque durante todo el verano muchas cosas diferentes lo mantuvieron muy ocupado: la construcción de la nueva casa de labor, la cosecha y las edificaciones, y sobre todo el pago de las deudas y la venta del terreno yermo. Todos estos eran asuntos que lo absorbían por completo y en los que centraba sus pensamientos al acostarse y al levantarse. Todo eso era la vida real. A su trato —ni siquiera lo llamaba relación— con Stepanída no le prestaba ninguna atención. Es verdad que cuando surgía el deseo de verla, este se presentaba con tanta fuerza que no podía pensar en ninguna otra cosa. Pero esto no duraba mucho. Se concertaba un encuentro y volvía a olvidarse de ella durante una semana o incluso un mes.
En otoño, Evgueni solía ir a la ciudad a caballo y allí entabló amistad con los Ánnenski. Tenían una hija que acababa de terminar el Instituto. Y entonces, para gran pesar de María Pávlovna, sucedió que Evgueni «se abarató», como ella se expresaba, al enamorarse de Liza Ánnenskaya y pedir su mano.
Desde aquel momento cesaron sus relaciones con Stepanída.