y comenzó a lavarse y a vestirse. El agua estaba lista, y todo lo del lavabo y el tocador listo para usar y debidamente dispuesto: su jabón, sus cepillos de dientes y de cabello, sus tijeras y limas de uñas. Se lavó las manos y la cara sin prisa, se limpió y arregló las uñas, empujó la piel hacia atrás con la toalla y se lavó con esponja su corpulento cuerpo blanco de la cabeza a los pies. Luego comenzó a cepillarse el pelo. De pie ante el espejo, primero se cepilló la barba rizada, que empezaba a encanecer, con dos cepillos ingleses, dividiéndola con una raya al medio. Después se peinó el cabello, que ya mostraba indicios de escamparse, con un gran peine de carey. Poniéndose la ropa interior, los calcetines, las botas, los pantalones —sostenidos por unos elegantes tirantes— y el chaleco, se sentó en un sillón, sin chaqueta, a descansar después de vestirse, encendió un cigarrillo y empezó a pensar a dónde iría a dar un paseo aquella mañana: al parque o a Littleports (¡qué nombre tan gracioso para un bosque!). Pensó que iría a Littleports. Luego tendría que contestar a la carta de Simón Nicoláievich; pero para eso había tiempo de sobra. Levantándose con aire decidido, sacó el reloj. Faltaban ya cinco minutos para las nueve. Se guardó el reloj en el bolsillo del chaleco, y el monedero —con todo lo que le quedaba de los ciento ochenta rublos que había tomado para el viaje y para los gastos imprevistos de su estancia de quince días con su primo—, y luego se metió en el bolsillo del pantalón la cigarrera y el encendedor eléctrico, y dos pañuelos limpios en los bolsillos de la chaqueta, y salió de la habitación, dejando como de costumbre el desorden y la confusión que había provocado para que los limpiara Esteban, un viejo de más de cincuenta años. Esteban esperaba que Volgin lo «remunerara», como solía decir, estando tan acostumbrado al trabajo que no sentía la menor repugnancia por él. Echando un vistazo a un espejo y sintiéndose satisfecho con su aspecto, Volgin entró en el comedor.
Allí, gracias a los desvelos del ama de llaves, el lacayo y el segundo mayordomo —este último se había levantado al amanecer para ir corriendo a su casa a afilar la guadaña de su hijo—, el desayuno estaba