“Bueno, discúlpeme. …”
Se apartó de mí y se tendió en el asiento, cubriéndose con su abrigo a cuadros.
En la estación donde tenía que bajarme (eran las ocho de la mañana), me acerqué a él para despedirme. Ya estuviera dormido o solo lo fingiera, el caso es que no se movió. Lo toqué con la mano. Se destapó la cara y pude ver que no se había dormido.
—Adiós —dije, extendiendo la mano. Me dio la suya y sonrió levemente, pero con tanta lágrima en potencia que sentí ganas de llorar.
“Sí, perdóname…”, dijo, repitiendo las mismas palabras con las que había concluido su relato.