Las alas de los trineos chocaron entre sí, casi se atascaron pero lograron separarse, y el trineo de los campesinos empezó a quedarse atrás.
Su caballo peludo y abultado, todo cubierto de nieve, respiraba pesadamente bajo el bajo arco del arzón y, evidentemente agotando sus últimas fuerzas, se esforzaba en vano por escapar de la fusta, cojeando con sus cortas patas a través de la nieve profunda que levantaba a su paso.
Su belfo, de aspecto joven, con el labio inferior retraído como el de un pez, las fosas nasales dilatadas y las orejas gachas por el miedo, se mantuvo unos segundos cerca del hombro de Nikita y luego empezó a quedarse atrás.
—¡Mira no más lo que hace el licor! —dijo Nikíta—. ¡Han cansado a ese caballito hasta matarlo! ¡Qué paganos!
Durante unos minutos oyeron el jadeo del caballito cansado y los gritos borrachos de los campesinos. Luego el jadeo y los gritos se fueron apagando, y a su alrededor no se oía nada más que el silbido del viento en sus oídos y de vez en vez el chirrido de los patines de su trineo sobre un tramo del camino barrido por el viento.
Este encuentro animó y reanimó a Vasíli Andréevich, y avanzó con más audacia sin mirar los mojones, arreando al caballo y confiando en él.
Nikíta no tenía nada que hacer y, como de costumbre en tales circunstancias, se quedó adormilado, recuperando el tiempo de tanto desvelo. De repente el caballo se detuvo y Nikíta por poco cae de bruces hacia adelante.
—¡Sabes que nos hemos vuelto a salir del camino! —dijo Vasíli Andréevich.
“¿Qué tal eso?”