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nydus/Short FictionPublic
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III

—Lo único que no sabe hacer es hablar —no cesaba de decir Nikíta—. ¡Mira lo que está haciendo! ¡Ándale, ándale! Tú sabes bien. ¡Eso es, eso es!

El viento soplaba ahora desde atrás y se sentía más templado.

—Sí, es listo —continuó Nikíta, admirando al caballo—. Un caballo kirguís es fuerte pero tonto. ¡Pero este... mire nomás lo que hace con las orejas! No necesita ningún telégrafo. Puede oler a una milla de distancia.

Antes de que pasara otra media hora vieron algo oscuro más adelante —un bosque o un pueblo— y aparecieron de nuevo estacas a la derecha. Evidentemente, habían salido al camino.

—¡Vaya, si otra vez es Gríshkino! —exclamó de pronto Nikita.

Y en efecto, allí a su izquierda estaba aquel mismo granero con la nieve volando de él, y más allá, en la misma línea, con la ropa helada, camisas y pantalones, que todavía ondeaban desesperadamente al viento.

De nuevo salieron a la calle en coche y de nuevo esta se volvió tranquila, cálida y alegre, y de nuevo pudieron ver la calle manchada de estiércol y oír voces y canciones y los ladridos de un perro. Ya estaba tan oscuro que había luces en algunas de las ventanas.

A mitad del pueblo, Vasíli Andréevich giró el caballo hacia una gran casa de ladrillo de doble fachada y se detuvo en el portal.

Nikíta se acercó a la ventana iluminada y cubierta de nieve, en cuyos rayos parpadeaban los copos de nieve voladores, y llamó a los vidrios con su látigo.

—¿Quién hay ahí? —respondió una voz a su llamada.

—De los Krestý, los Brekhunóv, querido amigo —respondió Nikita—. Salgan un momento.

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