Pero después de los catorce años, desde el momento en que despertaron los instintos del sexo y comencé a entregarme al vicio, mi locura pareció haber pasado, y fui un muchacho como los demás muchachos. Así como les sucede a todos los que nos criamos con comida rica y sobreabundante, y somos malcriados y afeminados porque jamás hacemos ningún trabajo físico, y estamos rodeados de todas las tentaciones posibles, las cuales excitan nuestra naturaleza sensual al encontrarnos en compañía de otros niños igualmente malcriados, así a mí me habían enseñado el vicio otros chicos de mi edad y yo me entregué a él. Con el tiempo, otros vicios vinieron a ocupar el lugar del primero. Comencé a conocer a las mujeres, y así seguí viviendo, hasta la edad de treinta y cinco años, buscando toda clase de placeres y disfrutándolos. Tenía entonces una mente perfectamente sana, y ni un solo indicio de locura. Aquellos veinte años de mi vida normal pasaron sin dejar ningún rastro especial en mi memoria, y ahora solo con un gran esfuerzo mental y con absoluta repugnancia puedo concentrar mis pensamientos en aquella época.
Como todos los muchachos de mi condición, que estaban en su sano juicio, entré en la escuela, pasé a la universidad y cursé estudios de derecho. Luego entré por poco tiempo en el servicio del Estado, me casé, me instalé en el campo, educando —si es que puede llamarse educar a nuestra forma de criar a los niños— a mis hijos, cuidando la tierra y ejerciendo el cargo de juez de paz.
Fue cuando llevaba diez años casado cuando uno de esos ataques de locura que padecía en mi infancia hizo su aparición de nuevo. Mi mujer y yo habíamos ahorrado dinero de su herencia y de unos bonos del Estado míos que había vendido, y decidimos que con ese dinero