Pahóm se acostó en el lecho de plumas, pero no pudo dormir. No dejaba de pensar en la tierra.
«¡Qué gran extensión voy a marcar!», pensó. «Podré hacer fácilmente treinta y cinco millas en un día. Los días son largos ahora, y dentro de un circuito de treinta y cinco millas, ¡cuánta tierra habrá! Venderé la tierra más pobre, o se la alquilaré a los campesinos, pero escogeré la mejor y la cultivaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré a dos peones más. Unas ciento cincuenta acres serán tierra de labrantío, y pastorearé ganado en el resto».
Pahóm se quedó despierto toda la noche y apenas dio una cabezada justo antes del amanecer. Apenas había cerrado los ojos cuando tuvo un sueño. Le pareció que estaba acostado en aquella misma tienda y oyó que alguien se reía entre dientes afuera. Se preguntó quién sería, se levantó y salió, y vio al jefe de los baskires sentado frente a la tienda, tomándose los costados y revolcándose de risa. Acercándose al jefe, Pahóm le preguntó: "¿De qué te ríes?". Pero vio que ya no era el jefe, sino el comerciante que hacía poco se habías detenido en su casa y le había hablado de la tierra. Justo cuando Pahóm iba a preguntar: "¿Llevas mucho tiempo aquí?", vio que no era el comerciante, sino el campesino que había llegado del Volga, hacía mucho tiempo, al viejo hogar de Pahóm. Luego vio que tampoco era el campesino, sino el diablo en persona, con pezuñas y cuernos, sentado allí y riéndose entre dientes, y ante él yacía un hombre descalzo, tendido en el suelo, con solo camisa y pantalón. ¡Y