aprovechó esa misma circunstancia para asegurarse un lugar en primera fila.
¿Y cómo no iba uno a desear ver a la señora en el cuartito de Akoulína? Era justamente como las luces de colores al final de una función. Debía ser una ocasión importante, ya que encendían los fuegos de colores; y así debía ser una ocasión importante cuando la señora, con sus sedas y encajes, entraba en el cuartito de Akoulína.
La señora se acercó y tomó la mano de Akoulína, pero Akoulína se la arrebató. Los viejos siervos domésticos negaron con la cabeza en señal de reproche.
—¡Akoulína! —dijo la señora—. ¡Tienes a tus hijos; ten piedad de ti misma!
Akoulína prorrumpió en risas y se levantó.
—¡Mis hijos son todos de plata, todos de plata! No guardo papel moneda —murmuró muy deprisa—. Le dije a Polikéi: «No aceptes billetes», y ala, ahora van y lo han untado, ¡lo han untado con alquitrán, alquitrán y jabón, señora! ¡Cualquier sarpullido que tenga se le pasará al instante…! —y rió aún más fuerte.
El ama se volvió y dio órdenes de que viniera el ayudante del médico con cataplasmas de mostaza. «Traigan agua fría», dijo, y empezó a buscar agua ella misma; pero, al ver al bebé muerto, con Anna la comadreja al lado, la señora se apartó, y todos vieron cómo se escondía la cara en el pañuelo y rompía a llorar; mientras Anna (era una lástima que la señora no pudiera verla; lo habría apreciado, y todo lo hacía por ella) cubría al bebé con un trozo de tela de lino, le colocaba los brazos con sus manos rechonchas y diestras, sacudía la cabeza, ponía pucheros, bajaba los párpados y suspiraba con tanto sentimiento que todos podían ver qué excelente corazón tenía. Pero la señora no lo veía; no podía ver nada. Rompió a sollozar y le dio un ataque de histeria.