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nydus/Short FictionPublic
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IV

Un mes más tarde se había levantado un monumento de piedra sobre la tumba de la mujer muerta. Pero aún no había ninguna piedra sobre la tumba del cochero, y no había nada más que la hierba verde y brillante sobre el túmulo, que era el único signo de la existencia pasada de un hombre.

—Serás un pecador, Seryoga —le dijo un día el cocinero de la estación—, si no le compras una lápida a Fiódor. Siempre decías que era invierno, pero ¿por qué no cumples ahora tu palabra? Yo estaba presente entonces. Ya ha venido una vez a pedírtela; si no se la compras, volverá y te ahogará.

—¿Pues qué, acaso he dicho que no iba a comprarlo? —respondió Seryoga—; compraré una piedra como dije que haría; la compraré por rublo y medio de plata. No lo he olvidado, pero hay que traerla, ya sabes. En cuanto tenga ocasión de ir al pueblo, la compraré.

—De todas formas, podrías ponerle una cruz —intervino un viejo conductor—, o si no, es una absoluta vergüenza. Las botas te las estás poniendo tú.

“¿De dónde va a sacar uno una cruz? ¿No la va a sacar a hachazos de un leño para la chimenea?”.

—¿De qué estás hablando? No se puede esculpir en un tronco. Agarras un hacha y te vas temprano por la mañana al soto; allí puedes cortar una cruz. Un álamo temlón o cualquier cosa puedes derribar. Y también servirá como un buen monumento de madera. O si no, tendrás que ir a invitarle un trago de vodka al guarda forestal. Uno no va a querer tener que invitarle un trago por cada pequeñez. El otro día rompí un pescante; me corté uno nuevo de primera, y nadie me dijo una palabra.

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