Entonces Simón le enseñó a encerar el hilo. Esto también lo dominó Mijaíl. Después, Simón le enseñó a retorcer la cerda y a coser, y esto también lo aprendió Mijaíl de inmediato.
Todo lo que Simón le enseñaba lo comprendía al instante, y al cabo de tres días trabajaba como si hubiera cosido botas toda su vida.
Trabajaba sin parar y comía poco. Cuando terminaba el trabajo, se sentaba en silencio, mirando hacia arriba. Apenas salía a la calle, hablaba solo cuando era necesario y ni bromeaba ni reía. Jamás lo vieron sonreír, salvo aquella primera noche en que Matryona les dio la cena.