El tono tranquilo de su voz, y su rostro serio y atento, demuestran que no está bromeando, sino que realmente está haciendo una promesa que piensa cumplir.
La vejez o la enfermedad, o ambas juntas, me han vuelto muy proclive a llorar cuando me conmueve la alegría. Las sencillas palabras de aquel hombre bondadoso, firme y fuerte, tan evidentemente dispuesto a todo lo bueno, y que se encuentra tan solo, me conmueven de tal modo que los sollozos me suben a la garganta, y me hago a un lado, incapaz de articular palabra.
Después de dar unos pasos, recupero el control de mí mismo, me vuelvo hacia él y le digo (ya le he preguntado su nombre):
“¡Cuidado, Alejandro!... ¡El refrán dice: «Tardío en prometer, pero cumplidor en lo prometido»!”
“Sí, así es. Estará a salvo”.
Rara vez he experimentado un sentimiento más alegre que el que tuve cuando lo dejé.
He olvidado decir que durante nuestra charla me había ofrecido a darle unos folletos sobre la bebida y unos libritos. [Un hombre de un pueblo vecino pegó uno de esos mismos folletos en la pared de su casa hace poco, pero el policía lo arrancó y destruyó.] Me dio las gracias y dijo que vendría a buscarlos a la hora de comer.
No vino a la hora de la cena, y yo, pecador de mí, sospeché que toda nuestra conversación no era para él tan importante como me había parecido a mí, y que no quería los libros, y que, en general, le había atribuido lo que no había en él. Pero vino por la tarde, todo sudoroso por el trabajo y por la caminata. Después de terminar su labor, había vuelto a casa a caballo, guardado el