Es extraño decirlo, pero el asesinato de la hermosa y malvada Nastasia —era una belleza voluptuosa— tuvo el efecto de despertar todos mis deseos de modo que no pude dormir en toda la noche. El hecho de que mi esposa tísica, a quien aborrecía, estuviera acostada a dos habitaciones de la mía, unido a los pensamientos en María Narishkin, que me había abandonado por un diplomático insignificante, me irritaba y atormentaba aún más. Tanto mi padre como yo parecíamos estar condenados a tener celos de los Gagarin. Pero me dejé llevar de nuevo. No pude dormir en toda aquella noche. Con los primeros signos del alba corrí mi persiana, me puse una bata blanca y llamé a mi ayuda de cámara. Todo el mundo seguía dormido. Me vestí, me puse un abrigo y una gorra de civil, y salí a la calle pasando junto a los centinelas.
Era una fresca mañana de otoño; el sol acababa de levantarse sobre el mar. Me sentí revivido en aquel aire fresco y mis pensamientos deprimentes me abandonaron. Dirigí mis pasos hacia el mar. Los primeros rayos del sol naciente hormigueaban en su superficie. Apenas había llegado a la casa de color verde de la esquina cuando me atrajeron unos sonidos de tambores y pífanos provenientes de la plaza. Escuché por un momento y supuse que se estaba llevando a cabo un castigo, que alguien estaba corriendo la doble fila. Yo había sancionado con frecuencia esta forma de castigo, pero nunca la había presenciado antes. De repente, como por instigación del mismo Satanás, acudió a mi mente la imagen de la hermosa Nastasia, que había sido asesinada, y la del cuerpo del soldado mientras era azotado con varas, fundiéndose ambas en una sensación enloquecedora. Intenté recordar este castigo en el regimiento de Semijónov, entre los colonos militares, a cientos de los cuales se les había azuzado hasta la muerte de este modo, y de pronto me apoderó un deseo irrefrenable de presenciar aquel espectáculo. Como iba vestido de civil, me era perfectamente posible hacerlo. El redoble del tambor y el sonido de los pífanos se volvieron más intensos a medida que me acercaba a la plaza. Al ser miope, no veía muy bien sin mis gafas, pero alcancé a distinguir una figura alta con la espalda blanca, que marchaba entre dos