La mujer se sentó a comer y hablar, y le contó quién era y dónde había estado.
—Soy mujer de soldado —dijo ella—.
Mandaron a mi esposo a alguna parte, muy lejos, hace ocho meses, y desde entonces no he sabido nada de él.
Tenía empleo de cocinera hasta que nació mi nene, pero entonces no quisieron tenerme con una criatura. Desde hace tres meses vengo luchando, sin poder hallar trabajo, y he tenido que vender todo lo que tenía para comer.
Intenté conseguir como nodriza, pero nadie me aceptaba; decían que tenía un aspecto demasiado famélico y flaco. Ahora acabo de ir a ver a la esposa de un comerciante (una mujer de nuestro pueblo le sirve) y me ha prometido tomarme.
Creí que por fin estaba todo arreglado, pero me dice que no vaya hasta la semana que viene. Su casa queda lejos, y estoy agotada, y el nene está completamente hambriento, pobre criatura.
Por suerte nuestra dueña de casa nos tiene compasión y nos deja alojarnos gratis, si no, no sé qué haríamos.
Martin suspiró. —¿No tienes ropa más abrigada? —preguntó.
—¿Cómo iba a conseguir ropa de abrigo? —dijo ella—. Pues bien, ayer empeñé mi último chal por seis peniques.
Entonces la mujer vino y tomó al niño, y Martín se levantó. Fue y buscó entre algunas cosas que pendían de la pared, y trajo una vieja capa.
—Aquí —dijo—, aunque es una vieja prenda gastada, servirá para envolverlo.