“Bueno, ya ve, me pillaron así. Estaba lo que se llama enamorado. No solo me figuraba que ella era la cumbre de la perfección, sino que durante el tiempo de nuestro compromiso también me consideraba a mí mismo la cumbre de la perfección. Ya sabe que no hay sinvergüenza que no pueda, si se lo propone, encontrar sinvergüenzas peores que él en ciertos aspectos y que, por consiguiente, no pueda hallar motivos para el orgullo y la autocomplacencia. Así me ocurrió a mí: no me casaba por dinero —la codicia no tenía nada que ver en ello—, a diferencia de la mayoría de mis conocidos que se casaban por dinero o por influencias; yo era rico, ella era pobre. Eso por un lado. Por otro, de lo que me vanagloriaba era de que, mientras otros se casaban con la intención de continuar en el futuro con la misma vida polígama que habían llevado antes del matrimonio, yo estaba firmemente decidido a ser monógamo tras casarme, y mi orgullo a ese respecto no tenía límites. Sí, era un cerdo espantoso y me imaginaba que era un ángel.
“Nuestro compromiso duró poco. ¡Ahora no puedo pensar en aquel tiempo sin vergüenza! ¡Qué porquería! Se supone que el amor debe ser espiritual y no sensual. Bien, si el amor es espiritual, una comunión espiritual, entonces esa comunión espiritual debería encontrar expresión en palabras, en conversaciones, en coloquios. No había nada de eso. Era terriblemente difícil hablar cuando nos dejaban a solas. Era la labor de Sísifo. En cuanto se nos ocurría algo que decir y lo decíamos, teníamos que volver a callar, ideando otra cosa. No había de qué hablar. Todo lo que se podía decir sobre la vida que nos aguardaba, nuestros preparativos y planes, ya se había dicho, ¿y qué más quedaba? Ahora bien, si hubiéramos sido animales, habríamos sabido que el discurso era innecesario; pero aquí, por el contrario, era necesario hablar, y no había nada que decir, porque no estábamos ocupados en aquello que se