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nydus/Short FictionPublic
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XII

Bebieron, se sentaron, volvieron a beber, se sentaron e intentaron hablar. Sierpujovski se sonrojó y comenzó a hablar sin reservas.

Hablaron de mujeres:

  • que mantenían a tal o cual;
  • la gitana,
  • la bailarina,
  • la tiple.

—Vaya, dejaste a Mathieu, ¿verdad? —preguntó el anfitrión.

Esta era la querida que tanto dolor le había causado a Serpujovskói.

—No, ella me dejó. ¡Oh, amigo mío, cómo se acuerda uno de lo que ha desperdiciado en la vida! Ahora me alegro, de verdad, cuando consigo mil rublos; me alegro, de verdad, cuando me quito de en medio de todo el mundo. En Moscú no puedo. ¡Ah! ¡Qué se le va a hacer!

El anfitrión estaba aburrido de escuchar a Serpujovskói. Quería hablar de sí mismo, jactarse. Pero Serpujovskói también quería hablar de sí mismo, de su brillante pasado. El anfitrión se sirvió más vino y esperó a que terminara para hablarle de sus asuntos: de cómo iba a organizar su criadero de caballos como nadie lo había hecho jamás, y de cómo María lo amaba, no por su dinero, sino por él mismo.

—Iba a decirte que en mi estu⁠ ⁠… —empezó. Pero Serpujovskói lo interrumpió.

—Hubo un tiempo, puedo decirlo —comenzó—, en que amé y supe vivir. Hablaban hace un momento de carreras; díganme, por favor, cuál es el mejor corcel que tienen.

El anfitrión se alegró de la oportunidad de contar algo más sobre su criadero, pero Sierpujovskói volvió a interrumpirlo.

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