«La mujer le dice: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde es necesario adorar. Jesús le dice: Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren».
Había una vez dos ancianos que decidieron ir en peregrinación a adorar a Dios a Jerusalén. Uno de ellos era un campesino acomodado llamado Efím Tarásitch Shevélef. El otro, Elisha Bódrof, no era tan adinerado.
Efím era un hombre formal, serio y firme. No bebía, ni fumaba, ni tomaba rapé, y en su vida había pronunciado una mala palabra.
Había servido dos veces como anciano de la aldea, y al dejar el cargo sus cuentas estaban en orden. Tenía una familia numerosa: dos hijos y un nieto casado, todos viviendo con él.
Estaba sano, de barba larga y erguida, y fue solo cuando pasó de los seso que un poco de gris comenzó a asomar en su barba.
Elíseo no era ni rico ni pobre. Antiguamente se dedicaba a la carpintería, pero ahora que se iba haciendo viejo se quedaba en casa y cuidaba abejas. Uno de sus hijos se había marchado a buscar trabajo, el otro vivía en casa. Elíseo era un viejo bondadoso y alegre. Es verdad que bebía de vez en vez, tomaba rapé y le gustaba cantar; pero era un hombre pacífico y vivía en buenos términos con su familia y sus vecinos.