Cierta vez se le ocurrió a cierto rey que si siempre supiera el momento adecuado para comenzar cada cosa; si supiera qué personas eran las correctas a las que escuchar y a cuáles evitar; y, sobre todo, si siempre supiera cuál era la cosa más importante que debía hacer, nunca fallaría en nada de lo que emprendiera.
Y habiéndosele ocurrido este pensamiento, hizo pregonar por todo su reino que daría una gran recompensa a cualquiera que le enseñara cuál era el momento oportuno para cada acción, y quiénes eran las personas más necesarias, y cómo podía saber qué era lo más importante que debía hacerse.
Y hombres sabios acudieron al Rey, pero todos respondieron a sus preguntas de manera diferente.
En respuesta a la primera pregunta, algunos dijeron que para conocer el momento oportuno para cada acción, uno debe elaborar de antemonio una tabla de días, meses y años, y vivir estrictamente de acuerdo con ella. Solo así, decían, se podía hacer todo a su debido tiempo.
Otros declararon que era imposible decidir de antemonio el momento oportuno para cada acción; sino que, sin dejarse absorber por pasatiempos ociosos, uno debía estar siempre atento a todo lo que sucedía y entonces hacer lo más necesario.
Otros, en cambio, dijeron que por muy atento que estuviera el Rey a lo que sucedía, era imposible que un solo hombre decidiera correctamente el momento oportuno para cada acción, sino que debía tener un Consejo de hombres sabios, que lo ayudarían a fijar el tiempo propicio para cada cosa.