Por fin dio un golpe en la tapa del arca que había allí y bajó al sótano debajo de la habitación. Durante mucho tiempo estuvo atareado entre la habitación y el sótano.
Cuando volvió a entrar, estaba oscuro en la choza. La astilla de madera que servía de vela se había apagado. Su vieja, quieta y silenciosa durante el día, se había hecho un ovillo en el camastro y llenaba la choza con sus ronquidos. La ruidosa esposa de Elías también estaba dormida, respirando quedo. Yacía en el banco, vestida tal como estaba, y sin nada bajo la cabeza que le sirviera de almohada. Dútlof se puso a rezar, luego miró a la esposa de Elías, meneó la cabeza, apagó la luz, volvió a tener un hipo y trepó al horno, donde se acostó junto a su nieto pequeño. Se quitó los zapatos de corteza trenzada tirándolos desde el horno en la oscuridad y se tumbó boca arriba, mirando la viga —apenas discernible por encima de la parte superior del horno, justo encima de su cabeza— y escuchando los ruidos de las cucarachas que trepaban por las paredes, los suspiros, los ronquidos, el roce de pie contra pie y el ruido que hacían los animales afuera. Tardó mucho en dormirse. Salió la luna. Se aclaró un poco en la choza. Pudo ver a Aksinia en su rincón, y algo que no alcanzaba a distinguir: ¿era un abrigo que su hijo había olvidado, o una tina que las mujeres habían puesto allí, o alguien de pie?
Tal vez cabeceaba, tal vez no; de cualquier modo, empezó a escrutar la oscuridad. Evidentemente, aquel espíritu maligno que había llevado a Polikéi a cometer su espantoso acto, y cuya cercanía sintieron aquella noche todos los criados domésticos, había extendido su ala y alcanzado, al otro lado de la aldea, la casa en la que se encontraba el dinero con el que había arruinado a Polikéi. Al menos, Dútlof sentía su presencia y estaba inquieto. No podía dormir ni levantarse. Tras advertir algo que no logaba distinguir, se acordó de