Una de las mujeres polacas —la vieja— se asustó al ver al perro en el tarantás, lo cogió y se lo llevó.
«Aquí pasa algo raro», pensó el cosaco y se quedó vigilando.
Cuando la joven polaca salió por la noche hacia el tarantás, él fingió estar dormido y oyó claramente una voz de hombre que salía del pescante.
Temprano por la mañana fue a la policía para avisar de que las polacas confiadas a su cuidado no viajaban honradamente, sino que llevaban, en vez de ataúdes, a un hombre vivo en su cofre.
Cuando Albína —en su estado de éxtasis feliz, segura de que todo había terminado y de que en pocos días serían libres— llegó al corral de la posada, se sorprendió al ver a la puerta un elegante par de caballos y dos cosacos. Una multitud se había agolpado alrededor de la entrada y miraba hacia el interior del patio.
Tan llena de esperanza y energía estaba, que ni se le pasó por la cabeza que la yunta de caballos y la multitud de gente tuvieran alguna relación con ella. Entró en el patio y, dirigiendo una mirada inmediata hacia el cobertizo donde estaba su tarantás, vio que era precisamente allí donde se agolpaba la gente, y al mismo tiempo oyó a Trezórka ladrar desesperadamente.
¡Lo más terrible que jamás podría haber sucedido había ocurrido realmente! Delante del tarantás, con su limpio uniforme, con los botones, las charreteras y las botas de charol brillando bajo la luz del sol, se encontraba un hombre de aspecto imponente, de patillas negras, que hablaba con voz fuerte, ronca y autoritaria. Frente a él, entre dos soldados, vestido de campesino y con briznas de heno en su cabello enmarañado, estaba su Josy, que alzaba y bajaba sus