La mujer de Piotr Nikoláievich Sventitski, una mujer alta y hermosa, tan silenciosa y tersa como una ternera bien cebada, había visto desde su ventana cómo habían asesinado a su marido y se lo habían llevado arrastrando hacia los campos. El horror de semejante espectáculo para Natalia Ivánovna fue tan intenso—¿cómo iba a ser de otro modo?— que todos sus demás sentimientos se desvanecieron. Tan pronto como la multitud desapareció de la vista tras la cerca del jardín y las voces se acallaron; tan pronto como la descalza Malania, su criada, entró corriendo con los ojos salidos de las órbitas, proclamando con una voz más propia de la anunciación de alegres nuevas la noticia de que Piotr Nikoláievich había sido asesinado y arrojado al barranco, Natalia Ivánovna sintió que tras su primera sensación de horror había otra sensación; un sentimiento de alegría por su liberación del tirano, que a lo largo de los diecinueve años de su vida conyugal la había hecho trabajar sin un momento de descanso. Su alegría la dejó aterrorizada; no se lo confesaba a sí misma, pero se lo ocultaba aún más a los que la rodeaban. Cuando lavaban su cuerpo mutilado, cetrino y velludo y lo metían en el ataúd, ella lloraba de horror, y sollozaba y gemía. Cuando el juez de instrucción—un juez especial para casos graves— llegó y estuvo tomando su declaración, ella advirtió en la habitación donde se llevaba a cabo la investigación a dos campesinos encadenados, a quienes se acusaba de ser los principales culpables. Uno de ellos era un anciano de rizada barba blanca, con un rostro sereno y severo. El otro era bastante joven, de tipo gitano, con ojos brillantes y cabello rizado y desgreñado. Ella declaró que eran los dos hombres que primero habían agarrado de las manos a Piotr Nikoláievich. A pesar de que el campesino de aspecto gitano la miraba con los ojos relucientes bajo sus cejas móviles y le decía con reproche: «¡Es un gran pecado, señora. ¡Acuérdese de la hora de su muerte!»—, a pesar de eso, no sintió la menor compasión por ellos. Por el contrario,
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