Iván Mirónov se había vuelto un ladrón de caballos muy astuto, audaz y exitoso. Afimia, su mujer, que al principio solía maldecirlo por sus malos pasos, como ella los llamaba, ahora estaba muy contenta y se sentía orgullosa de su marido, quien poseía un nuevo abrigo de piel de oveja, mientras que ella también tenía una chaqueta abrigada y una nueva capa de piel.
En el pueblo y en todo el distrito todos sabían muy bien que Iván Mirónov estaba detrás de todos los robos de caballos; pero nadie le delataba por miedo a las consecuencias. Cada vez que recaía sospecha sobre él, se ingeniaba para limpiar su reputación.
Una vez, durante la noche, robó caballos del prado comunal en el pueblo de Kolótovka. Por lo general, prefería robar caballos a los terratenientes o a los comerciantes. Pero este era un trabajo más difícil y, cuando no tenía posibilidades de éxito, no le importaba robar también a los campesinos.
En Kolótovka se llevó los caballos sin cerciorarse de de quién eran. No fue él mismo al lugar, sino que envió a un mozo joven y listo, Guerásim, para que hiciera el robo por él. Los campesinos solo se enteraron del hurto al amanecer; se lanzaron en todas direcciones a buscar a los ladrones. Los caballos, entre tanto, estaban escondidos en un barranco dentro de los terrenos forestales del Estado.
Iván Mirónov se proponía dejarlos allí hasta la noche siguiente, y luego transportarlos con la mayor rapidez a cien millas de distancia, a casa de un conocido suyo. Visitó a Guerásim en el bosque, para ver cómo se encontraba, le llevó un pastel y un poco de vodka, y regresaba a casa por un sendero lateral del bosque donde esperaba no encontrarse con nadie. Pero por desgracia, se topó con el guardabosques, un soldado retirado.