Vagabundos
Algo totalmente nuevo, nunca visto ni oído jamás, se ha dejado ver últimamente en nuestros distritos rurales.
A nuestra aldea, compuesta por ochenta haciendas, llegan todos los días de media docena a una docena de vagabundos fríos, hambrientos y harapientos en busca de un lugar donde pasar la noche.
Estas personas, andrajosas, semidesnudas, descalzas, a menudo enfermas y sumamente sucias, llegan al pueblo y van a ver al policía de la localidad.
Para que no mueran en la calle de hambre y a la intemperie, los aloja en las casas de los habitantes del pueblo, considerando únicamente a los campesinos como «habitantes».
No los lleva al hacendado, quien además de sus propias diez habitaciones tiene otros diez aposentos: oficina, cuarto del cochero, lavandería, sala para sirvientes y sirvientes principales, etcétera; ni los lleva al sacerdote, al diácono o al tendero, en cuyas casas, aunque no son grandes, todavía hay algo de espacio libre; sino que los lleva con los campesinos, cuya familia entera, esposa, nueras, hijas solteras y niños grandes y pequeños, viven todos en una sola habitación: de dieciséis, diecinueve o veintitrés pies de largo.
Y el amo de la choza recibe al hombre frío, hambriento, apestoso, andrajoso y sucio, y no solo le da alojamiento por una noche, sino que también lo alimenta.
—Cuando te sientas tú mismo a la mesa —me dijo un anciano campesino propietario—, es imposible no invitarlo también, o tu propia