En noviembre de 1833, Albína se despidió de la familia (que la vio partir hacia la bárbara Rusia como si fuera a la muerte), se sentó con su vieja y devota nodriza Ludwíka, a quien llevó consigo, en el viejo carruaje de su padre —recién reparado para el gran viaje— y emprendió su largo camino.
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