Érase una vez, en cierta provincia de cierto país, que vivía un campesino rico, el cual tenía tres hijos: Simón el Soldado, Tarás el Forzudo, e Iván el Tonto, además de una hija soltera, Marta, que era sordomuda.
Simón el Soldado se fue a las guerras a servir al rey; Tarás el Forzudo se fue a casa de un mercader a la ciudad para comerciar, e Iván el Tonto se quedó en casa con la muchacha, a labrar la tierra hasta que se le encorvó la espalda.
Simón el Soldado obtuvo un alto rango y una hacienda, y se casó con la hija de un noble. Su paga era cuantiosa y su hacienda era vasta, pero aun así no lograba llegar a fin de mes. Lo que el marido ganaba, su señora esposa lo derrochaba, y nunca tenían suficiente dinero.
Así que Simón el Soldado fue a su finca a cobrar la renta, pero su mayordomo le dijo: «¿De dónde va a salir renta? No tenemos ganado, ni herramientas, ni caballo, ni arado, ni rastrillo. Primero debemos conseguir todo esto, y luego vendrá el dinero».
Entonces Simón el Soldado fue a su padre y le dijo:
«Tú, padre, eres rico, pero no me has dado nada. Divide lo que tienes y dame una tercera parte, para que pueda mejorar mi hacienda».
Pero el viejo dijo:
«No trajiste nada a mi casa; ¿por qué habría de darte la tercera parte? Sería injusto para con Iván y para con la muchacha».