quedarse dormido se imaginaba el salón tal como sería. Al contemplar la sala de recibo, aún inacabada, ya veía la chimenea, el biombo, la étagère y las sillitas salpicadas aquí y allá, los platos y fuentes en la pared, y los bronces tal como lucirían una vez colocados en su sitio. Le encantaba pensar en la impresión que causaría a Praskovya y a Lizanka, que también tenían buen gusto para estas cosas. Jamás se esperarían algo así. Tuvo especial acierto al encontrar y comprar muebles antiguos y baratos, que conferían a todo un aire singularmente aristocrático. En sus cartas menospreciaba adrede los detalles para poder sorprenderlas. Todo esto lo absorbió de tal manera que las tareas de su nuevo cargo, a pesar de lo mucho que le gustaba su trabajo oficial, le interesaron menos de lo que esperaba. Durante las sesiones del tribunal sufría momentos de distracción; reflexionaba sobre qué clase de molduras poner en los estores de las ventanas, si rectas o acanaladas. Estaba tan interesado en este asunto que a menudo se ponía manos a la obra por su cuenta, movía un mueble o colgaba cortinas él mismo. Cierto día subió a una escalera de mano para mostrarle a un obrero, que no comprendía, cómo quería que se drapeasen unas cortinas, dio un paso en falso y resbaló; pero, como era una persona fuerte y ágil, se aferró a algo y solo se golpeó el costado contra la esquina de un marco. La zona contusionada le dolió, pero se le pasó pronto. Iván Ilich se sintió todo este tiempo de muy buen humor y con excelente salud. Escribía: «Me siento quince años más joven». Creía que la decoración de su casa terminaría en septiembre, pero se alargó hasta mediados de octubre. Sin embargo, el resultado fue encantador; no solo lo decía él, sino que todo el que lo veía se lo confirmaba también.
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III
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