de puntillas. Pavoneándonos de este modo, para profundo disgusto del mayordomo y asombro de mi suegra, que jugaba al solitario en el salón, avanzamos por la casa hasta llegar al comedor; allí nos detuvimos, nos miramos y rompimos a reír.
Dos semanas después, antes de Navidad, estábamos en Petersburgo.