fracasaba, perdería su túnica de fiesta; pero si tenía éxito, los otros esclavos le darían las suyas. Además, le prometieron defenderlo contra el amo y ponerlo en libertad si lo encadenaban o encarcelaban. Habiendo concertado esta apuesta, Aleb accedió a hacer enojar a su amo a la mañana siguiente.
Aleb era pastor y tenía a su cargo un buen número de ovejas de raza pura y gran valor, a las que su amo quería muchísimo. A la mañana siguiente, cuando el amo llevó a unos visitantes al corral para mostrarles las valiosas ovejas, Aleb les guiñó el ojo a sus compañeros, como quien dice:
«Mira, ahora, qué enojado lo voy a poner».
Todos los demás esclavos se congregaron, mirando por las puertas o por encima de la cerca, y el Diablo se subió a un árbol cercano para ver cómo su sirviente haría su trabajo.
El amo paseaba por el recinto, mostrando a sus invitados las ovejas y los corderos, y al poco rato quiso mostrarles su carnero más hermoso.
—Todos los carneros son valiosos —dijo él—, pero tengo uno de cuernos apretadamente retorcidos, que no tiene precio. Lo aprecio como a la niña de mis ojos.
Sobresaltadas por los extraños, las ovejas corrían de un lado a otro por el corral, de modo que los visitantes no podían examinar bien al carnero.
Tan pronto como este se quedaba quieto, Aleb asustaba a las ovejas como por casualidad, y todas volvían a mezclarse. Los visitantes no lograban averiguar cuál era el carnero de valor incalculable.
Por fin, el amo se cansó de aquello.
—Aleb, querido amigo —dijo—, por favor, agárrame a nuestro mejor carnero, el de los cuernos fuertemente retorcidos. Agárralo con mucho