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nydus/Short FictionPublic
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I

orgulloso y feliz de sus preparativos. Los cocheros, que vinieron a pedir una propina, lo irritaron porque Seriozha no tenía cambio, y Piotr Ivánovich estuvo a punto de mandar a buscar de nuevo al posadero, pero el feliz pensamiento de que los demás también debían ser felices esa noche lo sacó de ese apuro. Tomó dos billetes de tres rublos y, metiendo un billete en la mano de uno de los cocheros, dijo: «Esto es para ti» (Piotr Ivánovich tenía la costumbre de tutear a todos sin excepción, a menos que fuera un miembro de su familia); «y esto es para ti», dijo, transfiriendo el otro billete de la palma de su mano a la del cochero, de una manera parecida a como la gente paga la visita a un médico. Después de ocuparse de todas estas cosas, lo llevaron a los baños.

Sónya, que estaba sentada en el diván, se puso la mano bajo la cabeza y prorrumpió en carcajadas.

—¡Oh, qué lindo es, mamá! ¡Oh, qué lindo!

Luego subió los pies al diván, se estiró, se acomodó y cayó en el sueño profundo y tranquilo de una muchacha sana de dieciocho años, después de seis semanas de camino.

Natálya Nikoláevna, que aún estaba ocupada sacando cosas en su dormitorio, oyó, sin duda con su oído maternal, que Sónya no se movía, y salió a echarle un vistazo. Tomó una almohada y, levantando con su mano grande y blanca la cabeza enrojecida y desgreñada de la muchacha, la acomodó sobre la almohada.

Sónya dio un suspiro muy, muy profundo, se encogió de hombros y apoyó la cabeza en la almohada, sin decir «Merci», como si todo aquello hubiera ocurrido de manera espontánea.

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