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nydus/Short FictionPublic
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Las memorias de una madre

—Piénsalo bien —dijo María Alexandrovna—, me ha dado por leer opúsculos religiosos, escucho los sermones del padre Nicodim y, créeme —aquí sus ojos sonrientes brillaron con una mirada tan viva que traía a la memoria la independencia de pensamiento que le era tan característica—, créeme, todas estas piadosas exhortaciones son infinitamente inferiores a los dichos de Piotr Nikiforovich. Tratan de las mismas cosas, pero en un plano mucho más bajo. Pero, sobre todo, él enseñaba no tanto con preceptos como con el ejemplo. ¿Y cómo lo hacía? Pues toda su vida era una llama, y lo consumía. ¿Te acuerdas de cuando Mitia y Vera tuvieron escarlatina —tú estabas de visita en casa—, te acuerdas de cómo se pasó las noches en desvelos con ellos, pero insistió en seguir dando sus lecciones a los niños mayores durante el día? Lo consideraba un deber sagrado. Y luego, cuando el hijo de Bárbara estuvo enfermo, hizo lo mismo, y se enojó bastante porque no quisimos trasladar al niño a nuestra casa. Bárbara hablaba de él el otro día sin ir más lejos. Y luego, cuando Vania, el paje, rompió su busto de no sé qué sabio, ¿te acuerdas de cómo, después de regañarlo, hizo todo lo posible por enmendar su enojo, le pidió perdón al muchacho y le compró una entrada para el circo? Era un hombre maravilloso. Insistía en que la clase de vida que llevábamos no merecía ser vivida, y le suplicó a mi esposo que cediera nuestras tierras a los campesinos y viviera de su propio trabajo. Alejandro solo se rio. Pero el consejo había sido dado con absoluta sinceridad, por un sentido del deber.

“Había llegado a esa conclusión, y tenía razón. Sin embargo, seguimos viviendo tal como los demás, ¿y cuál fue el resultado?

  • Hice una ronda de visitas el año pasado, a todos mis hijos excepto a Peter.
  • Bueno, ¿qué encontré?
  • ¿Eran felices?

Aun así, no era posible cambiarlo todo como él quería. No en vano cayó el primer hombre y el pecado entró en el mundo”.

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