tragar saliva y ahora la volvía a sacar la longitud entera de una mano. Intentaba respirar rápido, pero no podía, y sus ijares simplemente temblaban. Se giraba de un lado a otro y golpeaba el suelo con la cola.
Me enteré más tarde de que, después de haberme marchado, él había roto un vidrio, saltado por la ventana y seguido mi rastro por el camino, y así había recorrido veinte verstas bajo el calor más intenso.